Los castrati como cantantes de ópera con un resgistro especia

Un castrati o castrado es un cantante masculino cuyo registro soprano, mezzo soprano o alto le fue adquirido como consecuencia de una castración en un momento anterior a la pubertad, o también, debido a una condición endocrina desfavorable por la cual nunca pudo alcanzar su madurez sexual. La castración anterior a la pubertad (o en una etapa temprana) evita que la laringe del joven sea transformada por los normales sucesos fisiológicos de dicha etapa evolutiva. Como resultado, el rango vocal de la prepubescencia (compartido por ambos sexos) se prolonga durante toda la vida del castrati, y la voz que se desarrolla durante la adultez adquiere características únicas.

Al crecer el cuerpo de un castrati, la falta de testosterona provoca que sus articulaciones no sean lo suficientemente duras. De este modo, los miembros de los castrati suelen ser excesivamente alargados, al igual que los huesos de sus costillas. Esto, combinado con el entrenamiento intensivo, les da un poder vocal y una capacidad respiratoria sin igual. Operando con las cuerdas vocales del tamaño de un niño, sus voces resultan ser extremadamente flexibles y bastante diferentes de la equivalente voz adulta femenina, y llegan a alcanzar rangos vocales y sonidos más altos que cualquier otro cantante masculino no castrado.

 

Al escuchar las únicas grabaciones sobrevivientes de un castrati, uno puede oír que la parte más aguda de su voz suena como un tenor “súper-alto”. En realidad, a este tipo de cantantes no se los llamaba castrati sino que se les hacía referencia empleando el término músico (en plural musici) o evirato (cuyo significado literal es afeminado). Los castrati formaban parte del elenco en las primeras óperas; por ejemplo: durante la primera presentación de Orfeo de Monteverdi en el año 1607 interpretaron papeles secundarios, incluyendo el de Eurídice. Sin embargo, hacia 1680 dichos roles habían sido suplantados por voces masculinas comunes, y mantuvieron su dignidad como “primo uomo” durante aproximadamente cien años.

En ese entonces, una ópera en la cual no participara por lo menos un castrati de renombre en un papel principal sería condenada al fracaso. Debido a la popularidad de la ópera italiana por toda Europa a lo largo del sigo XVIII (exceptuando en Francia), cantantes como Ferri, Farinelli, Senesino y Pacchierotti se convirtieron en las primeras superestrellas de la ópera, ganando enormes honorarios y una histérica adoración pública. La estricta organización jerárquica de la ópera seria favorecía a sus agudas voces como símbolos de virtud heroica, aunque con gran frecuencia eran objeto de burlas debido a su apariencia extraña y a su mal genio.

La castración con fines musicales era una práctica exclusivamente italiana y bajo la Ley Canon de la Iglesia Católica estrictamente ilegal: era una mutilación más, y como tal su castigo era la excomulgación. El historiador de música Charles Burney fue enviado a diestro y siniestro en búsqueda de aquellos lugares donde se llevaba a cabo la operación: ‘Pregunté por toda Italia en qué lugares principalmente había chicos castrati, pero no logré obtener ninguna respuesta inteligente. En Milán me dijeron que se encontraban en Venecia; en Venecia que estaban en Bologna; pero en Bologna el hecho fue negado, diciendo que era en Florencia; de Florencia me mandaron a Roma, y de Roma a Nápoles… se dice que allí hay talleres con la siguiente inscripción: ‘QUI SI CASTRANO RAGAZZI’ (Aquí son castrados los niños); pero fui completamente incapaz de ver u oír algo acerca de cualquiera de estas tiendas durante mi residencia en dicha ciudad.

 

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