La ópera alemana

La primer ópera alemana fue Dafne, escrita por Heinrich Schütz en 1627 y lamentablemente la música de la misma no ha sobrevivido. La ópera italiana mantuvo gran influencia sobre los países de habla alemana hasta finales del siglo XVIII. No obstante, también se desarrollaron las formas nativas. En 1644 Sigmund Staden produjo el primer Singspield, una forma popular de ópera en alemán dentro de la cual se alterna el canto con los discursos hablados.

Hacia finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, un teatro en Hamburgo presentó óperas alemanas de Keiser, Telemann y Handel. A pesar de ello, muchos de los más grandes compositores alemanes de dicha época, incluyendo al mismo Handel, Graun, Hasse y posteriormente Gluck, eligieron escribir la mayor parte de sus óperas en idiomas extranjeros, especialmente en italiano.

La ópera lírica de Mozart, Die Entführung aus dem Serail, de 1782, y Die Zauberflöte, conocido como "La flauta mágica", de 1791, fueron importantes avances para alcanzar el reconocimiento internacional de la ópera alemana. La tradición fue desarrollada en el siglo XIX por Beethoven con su ópera Fidelio, inspirada en el clima de la Revolución Francesa. Carl Maria von Weber estableció la Opera Romántica Alemana en oposición al predominio del Bel Canto Italiano. Su obra Der Freischütz de 1821 muestra su genialidad para crear una atmósfera sobrenatural. Entre otros compositores de ópera de estos tiempos se encuentran Marschner, Schubert, Schumann y Lortzing, pero la figura más indudablemente importante fue Richard Wagner.

 

Wagner fue uno de los más revolucionarios y polémicos compositores en la historia musical. Comenzando bajo influencia de Weber y Meybeer y gradualmente desarrolló un nuevo concepto de la ópera, un ejemplo es el Gesamtkunstwerk (una “completa pieza de arte”), una fusión de música, poesía y pintura. En sus maduros dramas musicales, Tristán e Isolda, Die Meistersinger von Nürnberg, El anillo de los Nibelungos, Parsifal, Sigfrido y Tannhauser, Wagner abolió la diferencia entre el aria y el recitativo a favor de un flujo sin costuras, de una “melodía sin final”.

Incrementó enormemente el rol y el poder de la orquesta, creando partituras con una compleja red de motivos musicales, recurriendo a temas asociados frecuentemente con los personajes y conceptos del drama; y estaba preparado para violar las tan aceptadas convenciones musicales, tales como la tonalidad, en su búsqueda por una mayor expresividad. Wagner también llevó una nueva dimensión filosófica a la ópera en sus trabajos, los cuales estaban basados frecuentemente en historias de las leyendas germanas. Finalmente, construyó su propia casa de ópera en Baeyreuth, dedicada exclusivamente para la presentación de sus propios trabajos en el estilo que el deseaba.


La ópera nunca sería la misma luego de este autor y de muchos compositores cuyo legado resultó ser una carga pesada. Por otro lado, Richard Strauss aceptó las ideas wagnerianas pero las llevó en direcciones completamente nuevas. Al principio ganó fama con la escandalosa Salomé y la oscura tragedia Elektra, en cuales la tonalidad fue llevada hasta el límite. Luego Strauss cambió de táctica en Der Rosenkavalier, la obra que se convirtió en su mayor éxito, donde los valses de Mozart se convirtieron en influencias tan importantes como la de Wagner. También en Ariadna de Naxos.

Strauss continuó produciendo un cuerpo de trabajos operísticos altamente variados, usualmente con libretos del poeta Hugo von Hofmannsthal. Otros compositores que hicieron contribuciones individuales a la ópera alemana a comienzos del siglo XX fueron Zemlinsky, Hindemith, Kart Weill y Ferruccio Busoni, este último de origen italiano.

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